El habitáculo que ocupa el
restaurante apenas tiene 30 metros cuadrados. Cinco cámaras que casi se solapan
unas con otras, de un considerable tamaño que no disimulan su presencia,
capturan cada movimiento que hacen los comensales con los palillos.
Al salir, de camino al
supermercado, uno se cruza con 12 cámaras más, que identifican una cara en
cuestión de segundos, en un recorrido de poco más de 300 metros por el este de
Pekín. Ya en la caja del supermercado, la compra básica para toda la semana
apenas alcanza los 180 yuanes (23 euros). Y se puede pagar con la cara si el
cliente y el establecimiento tienen el servicio de Alipay que asocia el rostro
con la cuenta bancaria.
Al volver a casa y pillar el
metro, ahora hay que pasar por otro escaneado facial que clasifica tu calidad
como pasajero. Si estás en lo que llaman la "lista blanca", no hay
problema y entras directamente. Si, de lo contrario, la máquina dice que tienes
un "feedback anormal", vas directo a los controles de seguridad.
Después de esta travesía en la
que te han monitorizado al detalle, al llegar a casa, si vives en una urbanización
"hight level" como Sue (21 años, estudiante de Filología Hispánica),
puedes abrir el portal poniendo morritos a una pantalla que hay en la entrada.
"A mi me agobia ya un poco todo este control. El reconocimiento facial es
muy práctico y te agiliza el día a día, pero no sabes hasta que punto hay
alguien al otro lado que sabe cada movimiento que haces", dice Sue algo
desconcertada. "Lo último que se han inventado es que ahora, si quiero
comprar un móvil, tengo que pasar por un escaneo facial. Se han pasado",
protesta.
La joven se refiere a la última
medida en China que impone pasar por un control de reconocimiento facial a
todas aquellas personas que se quieran comprar un nuevo teléfono. En
septiembre, desde el Ministerio de Industria y Tecnología de la Información,
anunciaron que esto se aplicaría para "proteger los derechos e intereses
legítimos de los ciudadanos en el ciberespacio". El aviso decía que
"la inteligencia artificial y otros métodos técnicos deben usarse para
unir las caras de los clientes que compran nuevas tarjetas SIM con sus
documentos de identidad".
La regulación ha entrado en vigor
esta semana. Y no ha gustado mucho a algunos usuarios, que han mostrado su
descontento en las redes sociales chinas como Weibo por "el excesivo
control que excede la privacidad". Otras voces han aplaudido la medida,
argumentando que esto ayudará a reducir las estafas telefónicas. Pero los
chinos más jóvenes no lo tienen tan claro y están convencidos de que es otro
ejemplo de cómo el Gobierno está aumentando su vigilancia a sus ciudadanos.
La realidad es que hoy los chinos
están más concienciados sobre este excesivo control en un país que tiene más de
200 millones de cámaras de seguridad de CCTV y que en 2020 se calcula que serán
400, ampliando aún más el dicho orwelliano de ese Big Brother gigante que todo
lo ve.
Que se lo pregunten a los
habitantes de la ciudad de Chongqing, la metrópoli más vigilada del mundo: 169
cámaras por cada mil personas. En total son 2,58 millones de cámaras que
vigilan a 15 millones de habitantes. En el ránking de las ciudades más vigiladas
del planeta habría que bajar hasta la sexta posición para encontrar alguna
fuera de China. En este caso, la única que compite con otras urbes del gigante
asiático es Londres -68 cámaras por cada 1.000 habitantes.
Dentro de este universo chino tan
monitorizado, en el que los sistemas de reconocimiento facial -con bases de
datos como SkyNet, que es capaz de reconocer en segundos al ciudadano que se
busca entre millones de personas- se están aplicando cada vez más a la vida
cotidiana de los ciudadanos, ya ha habido personas que han mostrado
públicamente su disconformidad. Incluso con denuncias. Como el profesor que
demandó hace un mes a un parque silvestre por requerir la recolección de datos
faciales sin pedir permiso a los clientes. Porque, según la Ley de Seguridad
Cibernética de China, en vigencia desde 2017, la información personal del
ciudadano solo se puede recopilar cuando las personas están informadas y están
de acuerdo con los objetivos de dicha recopilación.
El caso del profesor tuvo mucha
repercusión. Él, Guo Bing, que imparte clases de Derecho en la Universidad de
Ciencia y Tecnología de Zhejiang, compró una entrada al Hangzhou Safari. Cuando
le informaron sobre la introducción del nuevo sistema de reconocimiento facial,
el docente pidió el reembolso de la entrada al considerar que se exponía a que
le robaran su identidad después de que el parque cambiara su sistema basado en
huellas digitales por el de reconocimiento facial. El parque se negó a
devolverle el dinero. Y el profesor les denunció. Es la primera vez que ocurre
algo similar en China. "Violan la ley de protección del consumidor al
recopilar obligatoriamente las características de los visitantes",
argumentó Guo. "El propósito de la demanda no es obtener una compensación,
sino luchar contra el abuso del reconocimiento facial", sentenció.
Su denuncia ha sembrado
precedente, provocando que cada vez más ciudadanos recelen públicamente -en las
redes sociales- de esta excesiva videovigilancia, temerosos de que el objetivo
final sea cumplir una de las míticas frases del genio J.R.R. Tolkien en su obra
maestra: "Un anillo para controlarlos a todos". Ese anillo ya tiene
nombre: sistema de crédito social.
Se empezó a probar en algunas
regiones de China en marzo del año pasado. Y funciona combinando reconocimiento
facial, geolocalización e inteligencia artificial para puntuar al ciudadano en
función de sus actitudes cívicas. Quién se porte mal -acciones contra la
comunidad, infracciones leves, difundir noticias en redes sociales que la
Administración considere falsas...- bajará de los 350 puntos y se le impondrán
sanciones variopintas que van desde la prohibición de salir de viaje en
transporte público o la concesión de un crédito bancario. Tampoco podrá comprar
por internet ni ligar en aplicaciones de citas. En 2020 se implantará
oficialmente este crédito social.
Entonces el ciudadano chino
tendrá que cumplir lo que hace unos meses desde Pekín llamaron el "Esquema
para implementar la construcción moral de los ciudadanos en la nueva era".
Un decálogo de buena conducta que exige honestidad y comportamientos
civilizados. Y, sobre todo, "defender el honor de China". Además,
entre otras cosas, ofrece un cursillo intensivo de ciertos protocolos que van
desde cómo cantar el himno nacional hasta cómo izar bien la bandera.
Patriotismo -vídeovigilado- ante todo.
Si uno no cumple estas
directrices, podrá ser castigado. Será un mal ciudadano. Y, aunque quiera,
tendrá muy difícil evadirse. No sólo por las cámaras que bañan el país entero.
También podría encontrase con algún policía con gafas al estilo Tony Stark,
lentes con reconocimiento facial, con algoritmos que en segundos comparan el
rostro con las bases de datos que maneja el Gobierno. Aunque, como dice un
empleado de un hotel de lujo en el centro de Pekín: "¿Qué hay de malo en
que haya tanta seguridad y en que los ciudadanos tengan que cumplir una serie
de normas básicas por el bien de la convivencia? Otros países te vigilan igual.
La diferencia es que China no lo oculta".


No hay comentarios:
Publicar un comentario